lunes, 22 de noviembre de 2010

NIEVA EN EL RETIRO




  Esperando la esperanza… En el Retiro hay dos chicos: una pareja, casi niños. Se besan desesperadamente en un banco sintiendo caer la nieve. Él sólo mira, desde el rincón. ¡Algo dentro de su magullado cuerpo…!; renacen las ideas.

  Son demasiadas vidas torturadas. Desolación. Y sin embargo ahí está, ¡la vida se regenera de nuevo! No tiene nada. Antes tenía. Lo perdió todo, y no quiere pensar más.


  Desde su incómodo rincón, gracias a esos niños, volvió a vivir. Para decir su último adiós. La consciencia tiene su límite… Y la suya ya gastó todos sus cartuchos. Una vida consciente en la mendicidad no es vida. Lleva años siendo mendigo. Pero hacía tiempo que no se consideraba un hombre. 

  ¡Ahora se ve a él!: un ser humano invisible… Lo ve claro y no es fácil de soportar. Es invisible a sí mismo. No puede reconocer en ese desecho de carne y huesos el hombre que fue, el señor que es. Ese hombre, niño, joven, maduro… nunca viejo; merece un respeto. Y en cierta forma, piensa, qué mejor honor que sea él mismo quien se otorgue el regalo. Si almenos viera otra salida… pero hay cosas que son de milagro y muy Señor mío y está cansado de luchar.
  Quizás, piensa, debería buscar la mirada retrospectiva. Pero ya hurgó demasiado en su pasado hace tiempo y teme volver a la locura del inframundo.

  Cierra los ojos, siente la tierra; se descalza y asiente: “¡sí la vida es bonita…!”. Pero un hombre no sólo vive de la Naturaleza; necesita metas que algún día se puedan cumplir. Aspira el aire helado proveniente de la montaña, el agua coagulada se confunde con el aroma del fresno y el abedul. La tierra está húmeda, sus pies descalzos. Y los copos acarician su piel con tanta dulzura como su fallecida mujer…

  Siente la vida; siente su cuerpo. ¡Oye los gritos lejanos de los niños, los susurros de los japoneses y el click de sus cámaras digitales! Un gorrión vuela junto a él. Se confunde con la gente: ¡es alguien! Aunque sólo para él. Pero sabe que no puede aspirar a más y tampoco lo reclama.

  Levanta la vista hacia el cielo, ahora nieva más, hace más ventisca. Los chicos ya han despertado de su estupor y corren a refugiarse. Sólo él permanece impasible. La naturaleza le está hablando; lo sabe. Y ya es lo único que le importa…
Por un momento es feliz, ¡sí feliz!, después de tanto… Ella nunca le ha olvidado; Ella le llora y le rinde homenaje. Su triste vida no ha sido en vano, siempre ha estado Ella, cómplice muda de sus desgracias.

  Ahora sabe que ha llegado la hora. Es triste, pero peor es persistir en la Nada por más tiempo… El mendigo piensa: “todos tenemos un ciclo al que dar sentido, yo no nací para ser feliz está demostrado, pero tampoco para no saber ni qué es ser desdichado. Almenos seré abono para los árboles, ¡mi vida tiene un objetivo!”. Y no permite a su humanidad vislumbrar con completa lucidez el miserable sentido de su existencia; ¡no lo soportaría, volvería a enloquecer!

  Se tumba bajo el banco.

  Tirita de frío, saca la navaja y un leve temblor sacude sus nudillos. Pero su voluntad es firme esta vez: Hunde el arma en su vientre. Siente el dolor y solloza… En silencio… De todos modos sabe que nadie le escucharía, no desea mortificar sus últimos alientos con tan cansina crueldad. La savia de su vida tiñe de carmín el hielo dándole un aspecto dantesco y acuarelado.

  Mientras tanto, siente el dolor físico… Y van ganando terreno los recuerdos hermosos de su existencia: el patio de tía Marta, su amigo Gabriel, el tirachinas, las noches con Manuela, la orquesta…

  ¡Se traza a sí mismo jovial, alegre…! ¡Lleno de vida! Y con otra vida…

  Ya apenas siente nada; cesa en su lucha. Se sumerge en el dulce sueño al tiempo que una hoja derrotada besa su boca, sellando la esperpéntica sonrisa que dejó dibujada.

-¡Mamá mamá mira!
-José, ¡vámonos!

  No importa, ya no necesita socorro…

  Los copos de nieve volviéronse granizo, cientos de hojas se elevan y caen sin control en el balanceo de las volátiles ramas. Cruje, ¡estrepitosa!, la tormenta. A pesar de que siempre habrá quien rememore en ella la “sinfonía del Nuevo Mundo” de Dvorak. Tal vez sea el mismísimo Dani Izaskun quien nos la recuerde al no poder tararearla él.